Su pueblo, creció.
Se lleno de cemento, y construcciones nuevas
Se terminaron los predios, llenos de flores
de matas, de árboles
Se fue su niñez, en esa vorágine
de edificaciones, que borró caminos
robo veredas, como torbellinos
Tanta gente, comprar quería su terreno
con aquél frondoso árbol en medio
Rodeado de una barda de adobe, tan antigua.
Los inversionistas le elogiaban, con codicia
Él sonreía diciendo: Lo siento, no lo vendo
la gente susurraba:
¡El chalado este, lo que se pierde!
Por la tardes, de Julio, salía de su hogar,
caminando sin prisas, y ya dentro
del solar, respiraba el perfume
que despide la tierra, al la lluvia palparla
por esa vía, volvían las huellas de olores idos
Se sentaba en la única banca,
enfrente a su árbol, para mirar
al pasado, para acordarse de aquellos ojos;
Al mirar las iniciales, en aquel corazón
tatuado en su corteza, hacia ya tantos años.
Y volvía a ser feliz… tristemente feliz.